Pero al parecer la causa principal del fenómeno no está asociada a las inclinaciones políticas de los gobiernos existentes (Cuba y Venezuela también presentan altas tasas de corrupción). El tema parece radicar en una falla en cada individuo, y una relativización del valor del dinero público, que se refleja en la indolencia sobre ello como algo sobre lo que tengo derechos pero no reconozco deberes. En este ámbito se gesta la cultura del "cuarto de hora" que cada cual aprovecha cuanto se encuentra en situaciones de poder.
sábado, 21 de mayo de 2011
El problema de la corrupción
Pero al parecer la causa principal del fenómeno no está asociada a las inclinaciones políticas de los gobiernos existentes (Cuba y Venezuela también presentan altas tasas de corrupción). El tema parece radicar en una falla en cada individuo, y una relativización del valor del dinero público, que se refleja en la indolencia sobre ello como algo sobre lo que tengo derechos pero no reconozco deberes. En este ámbito se gesta la cultura del "cuarto de hora" que cada cual aprovecha cuanto se encuentra en situaciones de poder.
Transiciones y rupturas en la producción crítica latinoamericana
Transiciones y rupturas en la producción crítica latinoamericana
La dinámica que ha tenido el discurso crítico latinoamericano del siglo XX, muestra distintos eventos en el proceso de su constitución. En tal sentido, decimos esto poniendo como referente lo ocurrido a partir de los años 40, período en el cual se publicaron obras que se constituyeron en fundadoras de la crítica y del canon (MARIACA, 1993), cuyos autores fueron Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña.
Así, La experiencia literaria (1941) y El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria. Tentativas y orientaciones (1944), de Reyes, son iniciadoras de una reflexión sobre el ámbito teórico, incluso con términos de mucha anticipación, como la escritura de inquilino o parasitaria (HILLIS MILLER, 1977), que emplea para referirse a una de las etapas del proceso crítico.
Por el tema que desarrollamos, es importante aludir a su artículo Notas para la inteligencia americana (Revista Sur de Buenos Aires, 1936). En él se interroga acerca de América Latina, obviando ciertas categorías o lo que él estima concepciones equívocas sobre lo americano. De ahí que hable de esainteligencia, que según sus palabras, le permite definir, aunque sea provisionalmente, el matiz de América: la integración y el mestizaje de lo propio con los elementos culturales provenientes de Europa, la capacidad adaptativa o de improvisación para resolver las sucesivas crisis de sociales, la diversidad étnica y cultural con un tiempo histórico igualmente discontinuado y distinto del europeo. En tal sentido, entiende que la inteligencia americana tiene una función que cumplir: la de ir estableciendo síntesis, aunque sean necesariamente provisionales; la de ir aplicando prontamente los resultados, verificando el valor de la teoría en la carne viva de la acción .
Los textos de Henríquez Ureña presentan otra dimensión del trabajo crítico, en la medida que elaboró la sistematización historiográfica del discurso literario y cultural; pensamos en sus obras Historia de la cultura en la América hispánica (1947) y Las corrientes literarias en la América hispánica (1949), trabajos que profundizan y enriquecen aspectos de sus Seis ensayos en busca de nuestra expresión, publicados en 1928.
El aporte fundamental de ambos escritores, hizo manifiesto a lo menos dos ámbitos de discusión: la propuesta inicial de un discurso teórico como elemento operativo de análisis e investigación, más la clara conciencia de una tradición histórico-cultural del continente o de la región . Desde esas dos variables, se abre una brecha en la historia del pensar latinoamericano. En otro sentido, frente a esos estudios en que se atiende a los procesos de cambio del sistema literario y cultural, la autonomía crítica se muestra como un efecto y una necesidad, en consecuencia, el discurso crítico, desde un específico campo disciplinario, muestra los elementos generativos de un conocimiento y de su objeto, articulado con un contexto histórico que impone determinadas condiciones de producción y recepción (JAUSS, 1971 y RALL, 2001).
En referencia al marco temporal que nos ocupa, entre los años 60 y 80 la emergencia y la noción de un campo crítico propio aparece como un recurso para el debate y su necesidad más consciente; sus efectos permitieron el cuestionamiento tanto de las formas discursivas (literatura y ensayo por ejemplo), como sus campos extratextuales, vistos en tanto problemas que superan las simbolizaciones literarias o teóricas en último término.
Dado el contexto sociopolítico y cultural del periodo, como la Revolución cubana, el nacimiento de movimientos políticos y de una cultura contestataria al interior de las universidades, esas discusiones de base se constituyen como proyectos intelectuales de establecer una tradición crítica distinta, nutrida por nuevas definiciones de su estatuto como disciplina y un factor fundamental, esto es, la transformación de su objeto, que modificaría definitivamente el sistema literario.
Aparecen obras en que se observa la innovación de los recursos técnicos, el registro de formas populares de lenguaje y de la cultura mediante códigos estéticos, la superposición de planos temporales, ambigüedad del punto de vista narrativo o de la enunciación, la presencia del rasgo mítico-histórico de la realidad americana. Esto coincidiría con el fenómeno del boom , que trajo consigo un nuevo espacio editorial, el cual replica por cierto en la apertura de una producción literaria y crítica hacia otros espacios de recepción, dentro y fuera de Latino-américa.
En definitiva, si en la tradición crítica previa a los años 60 quienes ejercían el oficio crítico se diferenciaban ya sea por visiones particulares de la historia, la realidad o de patrones estéticos, hay un nuevo momento que posibilita hablar de críticos diferenciados más bien por sus métodos, donde la especialización se ve alimentada por las nuevas tendencias teóricas provenientes de Europa y Estados Unidos.
Consecuentemente, la práctica del discurso crítico conlleva en ese momento a un imprescindible cuestionamiento y desafío: lograr definir qué es ese primer discurso (el texto literario), planteado como objeto de estudio y referencia, además de establecer su propio estatuto epistemológico. Esa fue una propuesta que Roberto Fernández Retamar desarrolló en su trabajo Para una teoría de la literatura hispanoamericana , que presentó inicialmente en 1972 (Coloquio de Royaumont) y que publicara en 1975 con el título de Para una teoría de la literatura hispanoamericana y otras aproximaciones (Cuadernos Casa de las Américas Nº 16), donde pone en discusión esa posibilidad, con un examen de los aportes teóricos y contribuciones a nivel latinoamericano que se conocían entonces.
Los rasgos de precisión y objetividad que subyacen en el marco de la disciplina son una marca que delimita, en principio, esa nueva crítica. Hay una intención puesta en cuestionar la obra, el objeto crítico, la forma funcional de su capacidad simbólica y su inserción en el ámbito de lo real. Paralelamente, se discuten las propuestas y la robustez teórica de origen estructuralista, aun cuando la duda sobre sus alcances ya había comenzado a minar sus fundamentos (SOSNOWSKY, 1996, T1-XIV).
Desde el punto de vista de la historiografía crítica, lo anterior fue un proyecto colectivo en cuyo trasfondo subyace la idea de autodeterminación intelectual y la generación de conocimiento de un espacio regional, especialmente en zonas de fuerte presencia de pueblos originarios. La crítica se asume en definitiva como una disciplina con propósitos específicos, hecho que marca su condición académica y diferencias notorias respecto del discurso crítico de orden periodístico o el comentario en las tradicionales páginas culturales de los medios.
La actualización de ese proyecto sin duda tiene distintos eventos; en rigor, lo que actualmente se ve es que la formación de un aparato teórico general propio no ha llegado a concretarse plenamente (OSORIO Y BUENO, 1989: 285-307). Al respecto, se ha indicado que dicho proyecto terminó en crisis cuando llegó a imponerse, años después, una imagen variada y multiforme de la literatura latinoamericana (CORNEJO POLAR, 1999: 10), es decir, la definición del campo epistemológico de esa teoría implica asumir la multiplicidad de manifestaciones de su objeto, de modo que hay (o hubo) una problema empírico insalvable para constituir una teoría particular que uniformara lo diverso.
La identidad crítica como proyecto experimenta entonces un desplazamiento de su eje; sin embargo, en la práctica, la evidencia de la heterogeneidad no inhibió que se continuaran produciendo trabajos o estudios críticos; por el contrario, antes bien significó la emergencia de diferenciaciones temáticas y metodológicas desde las cuales se generan categorizaciones, además de conceptos operativos y/o fundantes, en los términos de Noé Jitrik, que resuelven o fijan posiciones teóricas en torno a problemas latinoamericanos.
Así, desde ese fondo son explicables nociones como la relación (o trasposición en cierto sentido) de imagen e historia planteada por José Lezama Lima, el neobarroco de Severo Sarduy, transculturación, zonas (y sistemas) culturales, ciudad letrada, culturas interiores, de Ángel Rama; ironía, tradición, analogía, en Octavio Paz; heterogeneidad y culturas andinas de Cornejo Polar, religación de Ana Pizarro. Con mayor o menor énfasis, con esos conceptos se rompe con los patrones del modelo crítico historiográfico, que se supone genera explicaciones causales, según un desarrollo lineal, con determinaciones sociales y culturales que validan la producción literaria, en tanto mantienen la analogía de texto/realidad extratextual.
viernes, 20 de mayo de 2011
Estanislao Zuleta
La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiesta de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y, por tanto, también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes.
Todas estas fantasías serían inocentes e inocuas, sino fuera porque constituyen el modelo de nuestros anhelos en la vida práctica.
Aquí mismo en los proyectos de la existencia cotidiana, más acá del reino de las mentiras eternas, introducimos también el ideal tonto de la seguridad garantizada; de las reconciliaciones totales; de las soluciones definitivas.
Puede decirse que nuestro problema no consiste solamente ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos: que nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal.
En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor, y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida.
En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido.
Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos liberado del paraíso, nuestro pecado es que anhelamos regresar a él.
Desconfiemos de las mañanas radiantes en las que se inicia un reino milenario. Son muy conocidos en la historia, desde la Antigüedad hasta hoy, los horrores a los que pueden y suelen entregarse los partidos provistos de una verdad y de una meta absolutas, las iglesias cuyos miembros han sido alcanzados por la gracia –por la desgracia– de alguna revelación. El estudio de la vida social y de la vida personal nos enseña cuán próximos se encuentran una de otro la idealización y el terror. La idealización del fin, de la meta y el terror de los medios que procurarán su conquista. Quienes de esta manera tratan de someter la realidad al ideal, entran inevitablemente en una concepción paranoide de la verdad; en un sistema de pensamiento tal, que los que se atreverían a objetar algo quedan inmediatamente sometidos a la interpretación totalitaria: sus argumentos, no son argumentos, sino solamente síntomas de una naturaleza dañada o bien máscaras de malignos propósitos.
En lugar de discutir un razonamiento se le reduce a un juicio de pertenencia al otro –y el otro es, en este sistema, sinónimo de enemigo–, o se procede a un juicio de intenciones. Y este sistema se desarrolla peligrosamente hasta el punto en que ya no solamente rechaza toda oposición, sino también toda diferencia: el que no está conmigo, está contra mí, y el que no está completamente conmigo, no está conmigo. Así como hay, según Kant, un verdadero abismo de la acción, que consiste en la exigencia de una entrega total a la “causa” absoluta y concibe toda duda y toda crítica como traición o como agresión.
Ahora sabemos, por una amarga experiencia, que este abismo de la acción, con sus guerras santas y sus orgías de fraternidad no es una característica exclusiva de ciertas épocas del pasado o de civilizaciones atrasadas en el desarrollo científico y técnico; que puede funcionar muy bien y desplegar todos sus efectos sin abolir una gran capacidad de inventiva y una eficacia macabra. Sabemos que ningún origen filosóficamente elevado o supuestamente divino, inmuniza a una doctrina contra el riesgo de caer en la interpretación propia de la lógica paranoide que afirma un discurso particular –todos lo son– como la designación misma de la realidad y los otros como ceguera o mentira.
El atractivo terrible que poseen las formaciones colectivas que se embriagan con la promesa de una comunidad humana no problemática, basada en una palabra infalible, consiste en que suprimen la indecisión y la duda, la necesidad de pensar por sí mismo, otorgan a sus miembros una identidad exaltada por la participación, separan un interior bueno –el grupo– y un exterior amenazador. Así como se ahorra sin duda la angustia, se distribuye mágicamente la ambivalencia en un amor por lo propio y un odio por lo extraño y se produce la más grande simplificación de la vida, la más espantosa facilidad. Y cuando digo aquí facilidad, no ignoro ni olvido que precisamente este tipo de formaciones colectivas, se caracterizan por una inaudita capacidad de entrega y sacrificios; que sus miembros aceptan y desean el heroísmo, cuando no aspiran a la palma del martirio. Facilidad, sin embargo, porque lo que el hombre teme por encima de todo no es la muerte y el sufrimiento, en los que tantas veces se refugia, sino la angustia que genera la necesidad de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la crítica, el amor y el respeto.
Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías proféticas y de los grupos que las generan o que someten a su lógica doctrinas que les fueron extrañas en su origen, es el descrédito en que cae el concepto de respeto.
No se quiere saber nada del respeto, ni de la reciprocidad, ni de la vigencia de normas universales. Estos valores aparecen más bien como males menores propios de un resignado escepticismo, como signos de que se ha abdicado a las más caras esperanzas. Porque el respeto y las normas sólo adquieren vigencia allí donde el amor, el entusiasmo, la entrega total a la gran misión, ya no pueden aspirar a determinar las relaciones humanas. Y como el respeto es siempre el respeto a la diferencia, sólo puede afirmarse allí donde ya no se cree que la diferencia pueda disolverse en una comunidad exaltada, transparente y espontánea, o en una fusión amorosa. No se puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en consideración, someterlo a sus consecuencias, ejercer sobre él una critica, válida también en principio para el pensamiento propio, cuando se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la verdad habla por nuestra boca; porque entonces el pensamiento del otro sólo puede ser error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia con nuestra verdad es prueba contundente de su falsedad, sin que se requiera ninguna otra. Nuestro saber es el mapa de la realidad y toda línea que se separe de él sólo puede ser imaginaria o algo peor: voluntariamente torcida por inconfesables intereses. Desde la concepción apocalíptica de la historia las normas y las leyes de cualquier tipo, son vistas como algo demasiado abstracto y mezquino frente a la gran tarea de realizar el ideal y de encarnar la promesa; y por lo tanto sólo se reclaman y se valoran cuando ya no se cree en la misión incondicionada.
Pero lo que ocurre cuando sobreviene la gran desidealización no es generalmente que se aprenda a valorar positivamente lo que tan alegremente se había desechado, estimado sólo negativamente; lo que se produce entonces, casi siempre, es una verdadera ola de pesimismo, escepticismo y realismo cínico. Se olvida entonces que la crítica a una sociedad injusta, basada en la explotación y en la dominación de clase, era fundamentalmente correcta y que el combate por una organización social racional e igualitaria sigue siendo necesario y urgente. A la desidealización sucede el arribismo individualista que además piensa que ha superado toda moral por el sólo hecho de que ha abandonado toda esperanza de una vida cualitativamente superior.
Lo más difícil, lo más importante. Lo más necesario, lo que a todos modos hay que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una sociedad diferente sin caer en la interpretación paranoide de la lucha. Lo difícil, pero también lo esencial es valorar positivamente el respeto y la diferencia, no como un mal menor y un hecho inevitable, sino como lo que enriquece la vida e impulsa la creación y el pensamiento, como aquello sin lo cual una imaginaria comunidad de los justos cantaría el eterno hosanna del aburrimiento satisfecho. Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades.
Hay que observar con cuánta desgraciada frecuencia nos otorgamos a nosotros mismos, en la vida personal y colectiva, la triste facilidad de ejercer lo que llamaré una no reciprocidad lógica: Es decir, el empleo de un método explicativo completamente diferente cuando se trata de dar cuenta de los problemas, los fracasaos y los errores propios y los del otro cuando es adversario o cuando disputamos con él. En el caso del otro aplicamos el esencialismo: lo que ha hecho, lo que le ha pasado es una manifestación de su ser más profundo; en nuestro caso aplicamos el circunstancialismo, de manera que aún los mismos fenómenos se explican por las circunstancias adversas, por alguna desgraciada coyuntura. Él es así; yo me vi obligado. Él cosechó lo que había sembrado; yo no pude evitar este resultado. El discurso del otro no es más que de su neurosis, de sus intereses egoístas; el mío es una simple constatación de los hechos y una deducción lógica de sus consecuencias. Preferiríamos que nuestra causa se juzgue por los propósitos y la adversaria por los resultados.
Y cuando de este modo nos empeñamos en ejercer esa no reciprocidad lógica que es siempre una doble falsificación, no sólo irrespetamos al otro, sino también a nosotros mismos, puesto que nos negamos a pensar efectivamente el proceso que estamos viviendo.
La difícil tarea de aplicar un mismo método explicativo y crítico a nuestra posición y a la opuesta no significa desde luego que consideremos equivalentes las doctrinas, las metas y los intereses de las personas, los partidos, las clases y las naciones en conflicto. Significa por el contrario que tenemos suficiente confianza en la superioridad de la causa que defendemos, como para estar seguros de que no necesita, ni le conviene esa doble falsificación con la cual, en verdad, podría defenderse cualquier cosa.
En el carnaval de miseria y derroche propios del capitalismo tardío se oye a la vez lejana y urgente la voz de Goethe y Marx que nos convocaron a un trabajo creador, difícil, capaz de situar al individuo concreto a la altura de las conquistas de la humanidad.
Dostoievski nos enseño a mirar hasta donde van las tentaciones de tener una fácil relación interhumana: van sólo en el sentido de buscar el poder, ya que si no se puede lograr una amistad respetuosa en una empresa común se produce lo que Bahro llama intereses compensatorios: la búsqueda de amos, el deseo de ser vasallos, el anhelo de encontrar a alguien que nos libere de una vez por todas del cuidado de que nuestra vida tenga un sentido. Dostoievski entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos evitan la angustia de la razón.
Pero en medio del pesimismo de nuestra época se sigue desarrollando el pensamiento histórico, el psicoanálisis, la antropología, el marxismo, el arte y la literatura. En medio del pesimismo de nuestra época surge la lucha de los proletarios que ya saben que un trabajo insensato no se paga con nada, ni con automóviles ni con televisores; surge la rebelión magnífica de las mujeres que no aceptan una situación de inferioridad a cambio de halagos y protecciones; surge la insurrección desesperada de los jóvenes que no pueden aceptar el destino que se les ha fabricado.
Este enfoque nuevo nos permite decir como Fausto:
"También esta noche, tierra, permaneciste firme.
Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor.
Y alientas otra vez en mi la aspiración de luchar sin descanso por una altísima existencia".
información sacada de la página-http://www.elabedul.net/Articulos/el_elogio_de_la_dificultad.php-------------------------------------------------------------------------------