Transiciones y rupturas en la producción crítica latinoamericana
La dinámica que ha tenido el discurso crítico latinoamericano del siglo XX, muestra distintos eventos en el proceso de su constitución. En tal sentido, decimos esto poniendo como referente lo ocurrido a partir de los años 40, período en el cual se publicaron obras que se constituyeron en fundadoras de la crítica y del canon (MARIACA, 1993), cuyos autores fueron Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña.
Así, La experiencia literaria (1941) y El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria. Tentativas y orientaciones (1944), de Reyes, son iniciadoras de una reflexión sobre el ámbito teórico, incluso con términos de mucha anticipación, como la escritura de inquilino o parasitaria (HILLIS MILLER, 1977), que emplea para referirse a una de las etapas del proceso crítico.
Por el tema que desarrollamos, es importante aludir a su artículo Notas para la inteligencia americana (Revista Sur de Buenos Aires, 1936). En él se interroga acerca de América Latina, obviando ciertas categorías o lo que él estima concepciones equívocas sobre lo americano. De ahí que hable de esainteligencia, que según sus palabras, le permite definir, aunque sea provisionalmente, el matiz de América: la integración y el mestizaje de lo propio con los elementos culturales provenientes de Europa, la capacidad adaptativa o de improvisación para resolver las sucesivas crisis de sociales, la diversidad étnica y cultural con un tiempo histórico igualmente discontinuado y distinto del europeo. En tal sentido, entiende que la inteligencia americana tiene una función que cumplir: la de ir estableciendo síntesis, aunque sean necesariamente provisionales; la de ir aplicando prontamente los resultados, verificando el valor de la teoría en la carne viva de la acción .
Los textos de Henríquez Ureña presentan otra dimensión del trabajo crítico, en la medida que elaboró la sistematización historiográfica del discurso literario y cultural; pensamos en sus obras Historia de la cultura en la América hispánica (1947) y Las corrientes literarias en la América hispánica (1949), trabajos que profundizan y enriquecen aspectos de sus Seis ensayos en busca de nuestra expresión, publicados en 1928.
El aporte fundamental de ambos escritores, hizo manifiesto a lo menos dos ámbitos de discusión: la propuesta inicial de un discurso teórico como elemento operativo de análisis e investigación, más la clara conciencia de una tradición histórico-cultural del continente o de la región . Desde esas dos variables, se abre una brecha en la historia del pensar latinoamericano. En otro sentido, frente a esos estudios en que se atiende a los procesos de cambio del sistema literario y cultural, la autonomía crítica se muestra como un efecto y una necesidad, en consecuencia, el discurso crítico, desde un específico campo disciplinario, muestra los elementos generativos de un conocimiento y de su objeto, articulado con un contexto histórico que impone determinadas condiciones de producción y recepción (JAUSS, 1971 y RALL, 2001).
En referencia al marco temporal que nos ocupa, entre los años 60 y 80 la emergencia y la noción de un campo crítico propio aparece como un recurso para el debate y su necesidad más consciente; sus efectos permitieron el cuestionamiento tanto de las formas discursivas (literatura y ensayo por ejemplo), como sus campos extratextuales, vistos en tanto problemas que superan las simbolizaciones literarias o teóricas en último término.
Dado el contexto sociopolítico y cultural del periodo, como la Revolución cubana, el nacimiento de movimientos políticos y de una cultura contestataria al interior de las universidades, esas discusiones de base se constituyen como proyectos intelectuales de establecer una tradición crítica distinta, nutrida por nuevas definiciones de su estatuto como disciplina y un factor fundamental, esto es, la transformación de su objeto, que modificaría definitivamente el sistema literario.
Aparecen obras en que se observa la innovación de los recursos técnicos, el registro de formas populares de lenguaje y de la cultura mediante códigos estéticos, la superposición de planos temporales, ambigüedad del punto de vista narrativo o de la enunciación, la presencia del rasgo mítico-histórico de la realidad americana. Esto coincidiría con el fenómeno del boom , que trajo consigo un nuevo espacio editorial, el cual replica por cierto en la apertura de una producción literaria y crítica hacia otros espacios de recepción, dentro y fuera de Latino-américa.
En definitiva, si en la tradición crítica previa a los años 60 quienes ejercían el oficio crítico se diferenciaban ya sea por visiones particulares de la historia, la realidad o de patrones estéticos, hay un nuevo momento que posibilita hablar de críticos diferenciados más bien por sus métodos, donde la especialización se ve alimentada por las nuevas tendencias teóricas provenientes de Europa y Estados Unidos.
Consecuentemente, la práctica del discurso crítico conlleva en ese momento a un imprescindible cuestionamiento y desafío: lograr definir qué es ese primer discurso (el texto literario), planteado como objeto de estudio y referencia, además de establecer su propio estatuto epistemológico. Esa fue una propuesta que Roberto Fernández Retamar desarrolló en su trabajo Para una teoría de la literatura hispanoamericana , que presentó inicialmente en 1972 (Coloquio de Royaumont) y que publicara en 1975 con el título de Para una teoría de la literatura hispanoamericana y otras aproximaciones (Cuadernos Casa de las Américas Nº 16), donde pone en discusión esa posibilidad, con un examen de los aportes teóricos y contribuciones a nivel latinoamericano que se conocían entonces.
Los rasgos de precisión y objetividad que subyacen en el marco de la disciplina son una marca que delimita, en principio, esa nueva crítica. Hay una intención puesta en cuestionar la obra, el objeto crítico, la forma funcional de su capacidad simbólica y su inserción en el ámbito de lo real. Paralelamente, se discuten las propuestas y la robustez teórica de origen estructuralista, aun cuando la duda sobre sus alcances ya había comenzado a minar sus fundamentos (SOSNOWSKY, 1996, T1-XIV).
Desde el punto de vista de la historiografía crítica, lo anterior fue un proyecto colectivo en cuyo trasfondo subyace la idea de autodeterminación intelectual y la generación de conocimiento de un espacio regional, especialmente en zonas de fuerte presencia de pueblos originarios. La crítica se asume en definitiva como una disciplina con propósitos específicos, hecho que marca su condición académica y diferencias notorias respecto del discurso crítico de orden periodístico o el comentario en las tradicionales páginas culturales de los medios.
La actualización de ese proyecto sin duda tiene distintos eventos; en rigor, lo que actualmente se ve es que la formación de un aparato teórico general propio no ha llegado a concretarse plenamente (OSORIO Y BUENO, 1989: 285-307). Al respecto, se ha indicado que dicho proyecto terminó en crisis cuando llegó a imponerse, años después, una imagen variada y multiforme de la literatura latinoamericana (CORNEJO POLAR, 1999: 10), es decir, la definición del campo epistemológico de esa teoría implica asumir la multiplicidad de manifestaciones de su objeto, de modo que hay (o hubo) una problema empírico insalvable para constituir una teoría particular que uniformara lo diverso.
La identidad crítica como proyecto experimenta entonces un desplazamiento de su eje; sin embargo, en la práctica, la evidencia de la heterogeneidad no inhibió que se continuaran produciendo trabajos o estudios críticos; por el contrario, antes bien significó la emergencia de diferenciaciones temáticas y metodológicas desde las cuales se generan categorizaciones, además de conceptos operativos y/o fundantes, en los términos de Noé Jitrik, que resuelven o fijan posiciones teóricas en torno a problemas latinoamericanos.
Así, desde ese fondo son explicables nociones como la relación (o trasposición en cierto sentido) de imagen e historia planteada por José Lezama Lima, el neobarroco de Severo Sarduy, transculturación, zonas (y sistemas) culturales, ciudad letrada, culturas interiores, de Ángel Rama; ironía, tradición, analogía, en Octavio Paz; heterogeneidad y culturas andinas de Cornejo Polar, religación de Ana Pizarro. Con mayor o menor énfasis, con esos conceptos se rompe con los patrones del modelo crítico historiográfico, que se supone genera explicaciones causales, según un desarrollo lineal, con determinaciones sociales y culturales que validan la producción literaria, en tanto mantienen la analogía de texto/realidad extratextual.
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